2010/05/08

LO QUE COLOMBIA MERECE

El siguiente análisis es de un profesor de la javeriana. Oscar Hernández Salgar, Músico y Administrador Cultural. Magíster en Estudios Culturales. Director del Departamento de Música de la Universidad Javeriana. (Parece que los jesuitas están poniéndose verdes... )

Lo que Colombia merece, lo que nosotros merecemos:


     Ante la descarada omisión que los medios están haciendo de las
     propuestas programáticas de los candidatos presidenciales, cada vez es
     más necesario que los ciudadanos nos tomemos el trabajo de utilizar
     los medios a nuestro alcance para llevar la discusión a niveles más
     profundos. El debate de la semana pasada mostró un alto grado de
     trivialización del escenario político. Los medios están contribuyendo
     a menospreciar la capacidad de comprensión del colombiano promedio y
     sólo hacen ecos de programas de gobierno que se resuman en dos o tres
     palabras. Cuando alguien expone un concepto que va más allá de las
     consignas obvias, dicen que es confuso y que no tiene claridad.


     Por eso es importante mostrar las propuestas de la forma más clara
     posible y tomarse el espacio necesario para destruir los mitos que se
     han ido creando alrededor de figuras como Mockus, a quien como no le
     pueden achacar ninguna relación con intereses oscuros (como a otros
     candidatos), le han terminado endilgando una pretendida debilidad de
     carácter acompañada de confusión de criterios.


     Vamos por partes.


     Juan Manuel Santos, que quiere mostrarse como el sucesor de Uribe,
     exhibe la bandera de la mano dura basado en su gestión como Ministro
     de Defensa. Desde esa posición elabora un discurso parecido al que
     impuso George Bush sobre el terrorismo hace ya varios años: "quien no
     está conmigo está contra mí". La versión reeditada para la campaña es:
     "quien no usa un lenguaje agresivo exclusivamente dirigido a las farc,
     es un blandengue que se va a doblegar ante las exigencias del
     terrorismo". Además de convertir a la seguridad democrática en una
     marca registrada, cuando se supone que es un deber de cualquier
     gobierno civilizado, esto conlleva el supuesto de que si alguien
     señala la necesidad de acabar con otras fuentes de violencia
     (violencia doméstica o corrupción, por ejemplo), es porque se está
     haciendo el de la vista gorda ante el terrorismo de las farc y va a
     echar al piso la seguridad democrática. Estos razonamientos son
     simplemente inaceptables, pero terminan siendo parte del sentido común
     de la mayoría de la población porque han venido siendo presentados en
     los medios con la misma persistencia irracional de cualquier emisora
     que quiere "pegar" una canción. Uribe se ha encargado durante los
     últimos ocho años de dejar muy en claro que en este país el terrorismo
     se llama la'far' y que todos los males son culpa del terrorismo. A
     cualquier persona sensata esto le parecería una simplificación
     excesiva de la realidad compleja de un país como Colombia, pero la
     aceptación que tienen estas tesis es una evidencia de que la gente no
     quiere enredarse y busca cosas simples.
     La postura de Mockus es mucho más coherente y pertinente, pero no por
     eso es menos clara o menos sencilla. Lo que pasa es que en el estado
     actual de cosas, dicha propuesta requiere de una pequeña explicación
     para ser entendida (explicación que no tiene cabida en nuestros
     debates estilo reinado de Cartagena).


     Aquí va la explicación.


     El narcotráfico ha potenciado en Colombia una cultura en la que es
     justificable salirse de la ley (por ejemplo usando la violencia) para
     adquirir poder. Esa cultura es algo que tienen en común, por citar
     unos ejemplos, los guerrilleros de las farc, los rastrojos, los
     políticos del PIN, y algunos niños que desde las comunas de Medellín
     aspiran a ser otro Pablo Escobar, otro Chupeta, otro Don Berna. Pero
     la cultura del narcotráfico no se ha limitado a los círculos cercanos
     de los narcotraficantes. La cultura mafiosa ha terminado haciendo cada
     vez más débiles los límites morales, legales y culturales de grandes
     sectores de la población. A muchos no les parece grave evadir uno que
     otro impuesto de vez en cuando, o saltarse la letra pequeña cada
     cierto tiempo - "¡Pero si yo no le hago daño a nadie. El estado no
     siente!"-. Estamos más acostumbrados que otras sociedades a darnos
     permisos, a forzar los límites y a usar atajos para "facilitar las
     cosas". No es que todo esto sea un fruto del narcotráfico, pero nadie
     puede desconocer que el narcotráfico ha logrado sacar lo peor de
     muchos colombianos. Y una de esas peores cosas es la cultura de la
     trampa y el atajo. Así, en la propuesta de Mockus se pueden
     identificar dos premisas esenciales.


     En primer lugar, el país tiene un problema cultural que no se puede
     achacar a un solo actor de forma exclusiva. Para ponerlo en otros
     términos, la seguridad democrática sería como la medicina alopática o
     convencional que ataca los síntomas (la' far') sin preocuparse por las
     relaciones sistémicas que hay detrás de esos síntomas. La propuesta de
     Mockus sería en cambio como la de la medicina bioenergética: tratar el
     sistema para que desaparezcan los síntomas. Intervenir directamente la
     cultura y crear un cambio de mentalidad para que no sea aceptable,
     bajo ninguna circunstancia, la violación de algunos principios
     básicos, como el respeto a la vida y el respeto a los recursos
     públicos. A esto se refiere Mockus cuando propone crear tabúes de
     manera que robar o matar sea igual de feo que pegarle a la mamá.


     En segundo lugar, y yendo más adentro en la naturaleza del problema,
     tenemos un tremendo divorcio entre la cultura, la ley y la moral. ¿qué
     quiere decir eso? Quiere decir sencillamente que lo legal nos parece
     jartísimo, lo que nos atrae y nos entusiasma suele ser ilegal y el
     hecho de saltarnos la ley no nos provoca remordimientos. Así de
     sencillo. Por eso es frecuente oír por ahí que tenemos una legislación
     para un país como Suecia. Nosotros mismos no aceptamos que una
     legislación progresista sea para Colombia porque reconocemos que
     nuestra cultura menosprecia el valor de la ley. Y lo más grave: no nos
     importa. Porque, como en todo estereotipo, esto tiene un lado bueno
     que es el famoso mito de la malicia indígena. Los colombianos nos las
     damos de vivos, de maliciosos, de astutos, y nos burlamos de los
     canadienses, los gringos y los austríacos porque nos parecen
     excesivamente ñoños. No hay que ser demasiado vivo para darse cuenta
     que es esa misma viveza la que nos lleva a pasar por encima de la ley
     sin que se nos mueva un pelo. Y es esa cultura de la trampa (la
     malicia indígena no es más que un eufemismo), la que ha sido
     alimentada por la ambición que trae el narcotráfico y que nos tiene
     metidos en una espiral de violencia que lleva más de medio siglo.


     Ahora bien, ¿cómo se crea un cambio de mentalidad tan grande como para
     cerrar la brecha entre nuestra cultura y nuestra ley? Lo más
     interesante es que Mockus es precisamente el único dirigente político
     en el país que ha logrado cambios de este tipo desde una posición de
     gobierno. Voy a mencionar dos ejemplos muy sencillos: En la década de
     los ochenta era imposible ver a alguien en Bogotá manejando con
     cinturón de seguridad. Al finalizar la primera alcaldía de Mockus todo
     el mundo había desarrollado el instinto de ponerse el cinturón antes
     de arrancar. De igual manera, a principios de los noventa los peatones
     debían cruzar la calle entre los carros porque no existían cebras y
     mucho menos existía la conciencia de respetarlas. Hoy en día el
     conductor que queda atravesado en una cebra por un cambio de semáforo
     siente inmediatamente la presión de estar haciendo algo mal. Estos
     cambios no se lograron únicamente con mimos o con tarjetas rojas. Pero
     tampoco se debieron exclusivamente a las multas. Estos cambios se
     dieron gracias a la combinación de diferentes elementos. ¿Cuáles
     elementos? Pues precisamente los que permiten acercar la ley a la
     cultura y éstas dos a la moral. La multa funciona como una sanción
     legal, pero si no va acompañada de una presión social, el multado
     termina buscando la forma de evadirla y no llega a sentir culpa. El
     mimo funciona como el símbolo de una sanción social, pero si no va
     acompañado de una multa, no genera la fuerza suficiente para convertir
     el comportamiento en hábito. Por eso la estrategia se puede resumir
     así: combinar presiones legales con presiones sociales, en la misma
     dirección, para producir remordimientos y culpas por los actos
     ilegales. Por esa vía se lograron cambios importantes y duraderos en
     Bogotá que hoy a muchos nos siguen enorgulleciendo.


     La pregunta es: ¿puede usarse el mismo razonamiento para resolver los
     problemas de Colombia? La apuesta es que sí se puede. De hecho es una
     apuesta que apunta a una mano dura, más dura que la del uribismo más
     recalcitrante. Por una sencilla razón: la mano dura de Uribe-Santos
     está dirigida a erradicar militarmente a la "far". La mano dura de
     Mockus en cambio está dirigida a atacar jurídica, social y
     militarmente cualquier tipo de ilegalidad. Y sabemos que la tolerancia
     a la ilegalidad está detrás de todos los problemas del país. Desde la
     corrupción hasta el desempleo pasando por la crisis de la salud y el
     narcotráfico. El enemigo no es la izquierda o la derecha. El enemigo
     no es el que piensa distinto o el que se niega a darme la razón. El
     enemigo es la ilegalidad, en todas sus formas. Necesitamos que
     Colombia sea un país legal.


     No es fácil, pero se puede. Se necesita una revolución cultural. Y
     para esta revolución se necesita un mandato claro. Por eso es
     importante que Mockus gane no raspando, sino con muchos, muchos votos.
     No estamos pensando en ganar la campaña, sino en emprender la tarea
     gigantesca de cambiar a Colombia para convertirla en un mejor país. Si
     estas ideas le parecen convincentes, por favor vote por Mockus el 30
     de mayo. Si le sigue pareciendo muy complicado y necesita algo más
     simple, puede seguir siendo uribista, conservador o mamerto.
             Pero no diga que no se lo advertimos.

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