2010/05/23

Antanas Mockus, el hombre increíble

Antanas Mockus, el hombre increíble

Más de un político quisiera conocer la fórmula con la que este profesor universitario ha cautivado las masas. La gente lo sigue porque está hastiada de la politiquería.

Como un corrillo de ángeles nerviosos y asalariados, no dejan de murmurar: “El éxito es mantenerlo aislado”. Sincronizan las frecuencias de sus radios y murmuran en secreto: “Frente a cualquier traspiés los escudos blindados no lo despintan”. Se acomodan los finos cables de sus intercomunicadores, del oído a una batería en su cintura y de ahí al final de la manga de sus chaquetas, y por un diminuto micrófono enganchado en el pulso de sus relojes, repiten las órdenes: “Frente a otros uniformados, hay que pedirles su identificación”. Son más de 20 y no paran de moverse de un lado para otro. No es para menos, su protegido se dirige esta mañana de domingo a una manifestación en Soacha. Una plaza ensombrecida con la nube negra de un magnicidio.

Seguro que su mamá, Nijole Sivickas, una artista reconcentrada, no ve la hora que pasen las elecciones, todo con tal de que su cuadra en Quinta Paredes retorne a la normalidad y se disuelva frente a su casa ese aleteo insistente y molesto de los escoltas de su hijo y vecino en campaña presidencial. Pegados a su reja, algunos de uniforme y la mayoría con vestidos de paño, corbatas de colores, “peluquiada” a la americana y chaquetas más estiradas de un lado, como si fueran en la cubierta inclinada de un barco, por el peso de las armas que ocultan, no paran de hablar y de urdir los planes de seguridad para el candidato.

De la casa del profesor Antanas Mockus sale un joven vestido de verde con la amabilidad de un corista de Missi y la frialdad del que tiene que comunicar que no hay ninguna cita de CROMOS ese día. Al mismo tiempo llega otra camioneta gris blindada con un coronel, de apellido Chavarro en su pecho, que en segundos se mete en la conversación para confirmar que la cita sí existe, lo que pasa es que se cuadró a las 11 de la noche y por eso no está en la agenda de la casa. Esos son los sacrificios de la política.

Mientras espero en la sala, no puedo sacarme de la cabeza los dos comentarios recientes que se me cruzaron en el camino sobre Antanas: de un lado la frase del taxista que admite que Mockus le gusta por inteligente pero lo ve “muy educado y ‘blandito’ para portarse como un varón con las Farc”. Del otro, está la caricatura de Matador en El Tiempo, donde aparece la Mockustrufia diciendo: “Yo como digo una cosa, digo la otra”. Están decididas las preguntas de entrada.

¿Qué es lo más difícil de hacerle creer a la gente sobre usted? ¿De pronto que un filósofo no es blando y que puede ser un presidente tan fuerte como Uribe frente a las Farc?

Yo trato de entenderlo y me parece que la gente me percibe más tranquilo, pero es como si un papá sereno no pudiera castigar. Está el papá que se sale de casillas y gesticula y levanta la voz y castiga, y está el papá que castiga sin perder los estribos y no por eso castiga menos. Cuando uno castiga, puede sembrar respeto a la norma, puede sembrar miedo o puede sembrar odio. Mi opción es que para castigar no necesito despertar odio.

Un taxista me decía: “Mockus es bueno, es pilo, es filósofo pero él no va a ser tan duro con las Farc”.

Lo que pienso –con convicción– de la frase que dije sobre que las Farc deberían aprovechar estos últimos meses de Uribe para negociar, es porque claramente Uribe tiene más orientación hacia la negociación de la que tengo yo. Yo opero por principios, para mí si las Farc se declaran fuera de la Constitución es problema de ellos. Imagínese, si una fuerza armada se declara fuera de la Constitución, pues no hay más posibilidad que darle una altísima prioridad a reducir esa fuerza armada a su mínima expresión. Ojalá rendirla.

Entonces, ¿heredaría la misión de Uribe?

Hay cosas del estilo de Uribe que no voy a heredar, por supuesto, pero la política general de seguridad democrática la heredo y la asumo.

Otra cosa que es difícil de hacer creer son esas opiniones suyas que dan la sensación de ser cambiantes…

Esta mañana leía un libro de Albert O. Hirschman titulado Tendencias autosubversivas, que relaciona mucho la capacidad de realizar opiniones con la idea de la democracia deliberativa, es decir, que si cada cual llega con su opinión y no la varía, pues no hay democracia. Tengo muchas certezas, hay cantidad de cosas que no revisaría ni de fundas, pero como promuevo la democracia deliberativa, tengo que aceptar que otra gente opine. Es una virtud tener la capacidad de revisar las opiniones ante argumentos fuertes del otro.

¿Por qué a ratos habla de una manera tan difícil de comprender?

Yo creo que hay momentos de mayor sintonía y de mayor indulgencia con el vocabulario. La relación con el lenguaje es muy rara, yo tuve un profesor de Sociolingüística y él tenía investigaciones sobre el coeficiente de inteligencia relacionado con el titubeo, entonces me comí el cuento que cuanto más titubeo hay más síntomas de inteligencia.

¿Pero hoy en día cree en esa teoría?

No, pero creo más bien en la libertad de poder escoger uno las palabras con relativo cuidado. Dicho de algún modo, uno o habla muy de corrido y no dice casi nada nuevo y todo el mundo entiende, pero ¿qué hay? Nada. O habla uno con más detenimiento y entonces las palabras a veces se atropellan, compiten entre sí, y el pensamiento mismo fluye despacio.

¿El problema entonces es concluir?

El problema según Adriana, mi esposa, es que debo decir al comienzo sí o no o la respuesta corta y, después, dar la explicación larga y, si veo que la gente se distrae, pues para qué dar más explicaciones. Mis correcciones han estado totalmente ligadas a una o dos entrevistas donde, probablemente, confié cuando debí estar prevenido. Por mi corriente filosófica “Habermasiana”, confío mucho en que uno puede decirlo todo, eso implica confiar mucho en la buena fe.

De eso no hay mucho en la contienda política.

Están las críticas sinceras que, incluso, duelen porque son sinceras y de alguien que uno ha admirado y leído varios años. Pero está la crítica de real mala leche, la tergiversación. De las cosas más chistosas es que uno va en un lugar discreto en las encuestas y nadie lo molesta, pero mejoran las encuestas y empiezan a tirarle piedras.

Era un profesor que quería ser alcalde y lo logró, ahora es un alcalde que quiere ser Presidente. ¿Cómo hizo para que la gente se lo creyera?

En el alcalde, el profesor siguió vivo, siguió haciendo de las suyas, enseñando. Una de las consignas que la gente grita y que más me conmovió cuando la escuché, fue: “Mi profesor, mi Presidente”. Creo que ayuda mucho ver la continuidad entre los distintos roles. En Colombia más del 60% de la gente confía en los maestros.

¿Cuándo se creyó usted el cuento de llegar a ser Presidente?

Cuando un joven caleño me dijo: “Antanas, sea Presidente para sacar lo mejor de cada cual a flote”. Fue tal vez el momento decisivo, dos o tres semanas antes de la consulta. En la tradición nuestra la gente se “lanza”, la gente le dice a uno “láncese”, no le dicen a uno “sea” Presidente.

¿El “láncese” todavía tiene algo de abismo?

Sí. Algunos dirigentes del Partido Verde me habían invitado ya delante de la gente a lanzarme como candidato y yo, afortunadamente, no acepté ese atajo, preferí hacer un proceso formal y democrático.

Usted es como el Hombre increíble, y no por lo verde sino por ser una persona mortal que de pronto recibe una gran fuerza de la gente que quiere una política limpia y honesta. Pero esa fuerza lo vuelve a veces superhéroe y a veces simple mortal, dubitativo.

Sí, y esa fuerza es consistencia, es coherencia entre lo que digo y lo que hago.

¿Cuál es su sentido más desarrollado?

Yo no sé si el tacto o la vista… Con mi segunda hija, Dala, fui papá canguro y eso me enseñó mucho sobre el tacto, a que ella se durmiera sobre el pecho y que respiráramos en un contrapunteo. Claro que, también, cuando iba a visitarla en la incubadora, hice algo rarísimo que es tenerla en las manos y estar todo el tiempo con la mirada fija en el monitoreo de los signos vitales.

¿ Y su sentido menos desarrollado?

El olfato. Me chucé la nariz con una mata. Eso fue en la final del campeonato mundial del 86 en México, todo el mundo estaba obviamente recogido y yo con unas alemanas y una amiga colombiana nos fuimos a la parte más alta del páramo de Sumapaz y luego bajamos a Pasca. Allí había un bosque muy pendiente, con unos matorrales que uno pisaba y se caía. Yo me caí, me chucé y me quedó como un zumbido. Mi hermana, que es médica, me dijo que en un mes o dos me iba a pasar y me pasó el zumbido pero me quedé sin olfato. El Perfume, de Patrick Süskind, lo guardé como cinco años antes de leerlo.

¿Los candidatos pueden decir que usted no tiene olfato político?

Pueden decir muchas cosas. Mi esposa me dice que no divulgue mis debilidades, pero como dice una canción argentina: “Soy como soy así no más”.

¿Hay algún amigo suyo que no esté de acuerdo con que usted se lance a la política?

La primera vez en que acepté la invitación a ser candidato a la Alcaldía, me llamó el subdirector de Colciencias de ese entonces, José Luis Villaveces, y me dijo: “Oiga, ¿usted se acuerda del nombre del Alcalde de Londres cuando fueron publicados los principios de matemáticas de Newton? Le dije “no, no me acuerdo”. Como diciéndome usted podría tener más fama como académico y ser más... inmortal, publicando un libro como los principios matemáticos. Bueno, estoy exagerando totalmente, pero este amigo me dijo “ahí hay otros caminos hacia una vida memorable más suave”.

Usted atrae por su honestidad, el no mentir, el no robar. ¿Cómo se lo inculcaron en la casa?

Toneladas de sentimiento y de culpa. Si mi madre me veía echándole cuentos, pues me hacía sentir muy mal. Y las madres lo hacen sentir a uno mal incluso a través del perdón. A partir de cierta edad era dificilísimo dormirse uno con guardados. Entonces había como un rito raro de acercarme a la casa de mi madre y contarle, contarle alguna cosa que había hecho indebida. La lectura de Dostoievski también me desarrolló un sentido de culpa grande.

Pero retomando lo de su mamá, ¿había castigos?

No, no, era en el lenguaje, o sea diciéndome “me lo imagino a usted superhonrado, incapaz de mentir, incapaz de guardarse algo”. Pero de pronto yo hablo con la vecina del primer piso como buscando un noviazgo cuando mi madre me ha dicho que los noviazgos son para más tarde. Es decir, por ocultarle a ella algo me acosaban unos sentimientos incómodos.

¿Pero lo ha cuidado mucho?

Sí. De pronto tiene que ver mucho con la migración. Cuando usted se queda tan aislado, usted siente que su vida va a ser muy orientada hacia la supervivencia.

¿Cómo es hoy esa conexión con su mamá, que es a la vez su vecina?

En estos días entra veinte, quince minutos, se fija si estoy muy ocupado. Entonces a veces sólo me saluda, a veces nos tomamos un café con leche juntos y me pregunta cómo voy, o me comenta algo que hice y le gustó. En una época me juzgaba muy duramente. Hoy es más indulgente, más amiga y, de algún modo, más partidaria de los caminos que voy tomando.

¿Qué le perdona ahora que antes no le perdonaba?

Ella ya ve con cierta naturalidad mi relación, por ejemplo, con los medios. Antes, cuando le regalé un libro de Salvador Dalí, me dijo: “Dalí es capaz de convertir este pocillo en una obra de arte con una pincelada de pintura, pero no necesita cámaras alrededor”. Eso fue una guachada muy lúcida, como diciéndome “¿Y usted sí sería igual de productivo sin contar con todo el reconocimiento social? ¿Podría aportar? Mejor dicho, ¿quién es Antanas sin la gente que lo conoce?”.

¿Algo inútil que valore en su vida?

No. Se me ocurrió una cosa horrible, o sea la relación que tengo con Jon Elster, un académico absolutamente extraordinario que si hubiera Premio Nobel de Ciencias Sociales seguro él se lo ganaría.

¿Y cómo lo emparenta con la
inutilidad?

El libro más reciente que tengo de él se llama El Desinterés, y ahí esculca y esculca y uno lo lee y se contagia cuando dice que la envidia es una emoción desagradable, pero que si además le ven a uno la envidia es doblemente jarto. Entonces, él dice, lo que hace el cerebro frente a algo parecido a si yo le envidio a usted la corbata, es que me consigo alguna información en el entorno que hace sospechar que esa corbata la consiguió usted haciendo un trabajo periodístico a un mafioso o una cosa así. Entonces yo ya no siento envidia sino indignación. Imagínese, periodista descarado, la corbata regalada por un mafioso... La indignación sí es agradable sentirla y es socialmente presentable.

¿Y lo útil de lo inútil?

A mí me sirvió eso en algún momento para plantear el tema indignación versus odio frente a las Farc. Mejor dicho, si yo lo odio a usted, no hay oportunidad, lo que necesito es exterminarlo; pero si yo tengo indignación, yo conservo la esperanza de que usted pueda entender y cambiar. Claro, en el contexto electoral van a decir que la indignación es menos fuerte que el odio. Yo creo sinceramente que Uribe odia a las Farc, las odia, mientras a mí las Farc me llenan de indignación. Me gusta que alguna gente haya entendido que el odio no es la mejor alternativa.

Un amigo me mandó a decirle: “Si Mockus es tan inteligente ¿por qué quiere meterse a la Presidencia si eso es un barco que hace agua?”.

Porque muchas alegrías, muchas tristezas, dependen de la calidad de la Presidencia y no da lo mismo, porque un gobierno es muy distinto de otro.

¿Qué aspira ser, el filósofo más político o el político más filósofo?

Aspiro graduar a 45 millones de colombianos en Filosofía. Me imagino un diploma que dice el nombre del colombiano o la colombiana graduada con una frase como “amo mis derechos tanto como los derechos de los demás”.

Con tantas declaraciones en público, ¿como filósofo no extraña la dieta del silencio?

Sí, aunque algunas veces me siento como el náufrago que necesita acabar de contar su historia.

¿Qué se quita un filósofo para despertar en la política?

Se quita lo que se llama el aparataje crítico, todas las notas, los pies de página, las referencias bibliográficas.

¿Para ser feliz necesita meterse en la política?

Sí, creo que difícilmente podría vivir sin ella.

Decir verdades es tan difícil como aceptarlas, ésta del párkinson ha sido la más dura en su vida. ¿Qué fue lo primero que le pasó por la mente cuando se lo dijeron?

Es una reacción, porque usted tiene algunos síntomas y de pronto usted tiene un nombre y queda como atrapado en algo que es incurable. Hay que hacerse a la idea de que todo lo que uno había pasado hasta el momento en temas de salud era reversible, curable, ahora descubro que tengo una condición que me va a acompañar hasta el final de los días. Se vuelve parte de mi identidad, pero no quiero hacer de eso un dramatizado.

Siguiendo el estilo mediático de los gringos frente a sus figuras públicas, ¿hay un vicio que tenga que confesar ante las cámaras antes de llegar a la Casa de Nariño?

No, pues no considero necesario seguir las pautas mediáticas gringas, ya hay suficientes retos en nuestra vida.

¿Cuál es el electrodoméstico más reciente en su vida?

Pues este, el celular, el blackberry y el twitter superadictivo, tiene un grupo indefinido de gente que usted no identifica personalmente y cuya opinión usted valora y le va dando pistas.

¿Cuánto pesa?

76 kilogramos.

Una superstición.

Que la descubran los enemigos.

Una fobia.

Fobia total a los que habiendo entendido algo se hacen los que no lo entendieron.

Una muletilla.

“Digamos”.

Un defecto físico

Fijarme demasiado en mis defectos.

Una canción

Llegó, llegó.

Un arrepentimiento

Es propio de la vida corajuda no arrepentirse.

Su primer recuerdo de un buen presidente.

Pues Carlos Lleras, cuando yo vivía en el barrio Armenia, en la Caracas con 26. La imagen que tengo es que tecnificó el Estado, o sea, fortaleció bastante el Departamento Nacional de Planeación.

¿Y el recuerdo de un mal presidente en su vida?

A los cinco años, es una imagen de mis padres mirando si había suficientes latas de conserva, era la época de Rojas Pinilla, supongo que ya cerca a su caída, entonces había el susto del desabastecimiento, que las tiendas cerraran las puertas.

Con tanto protagonismo y tanto trote político, ¿no añora sus años cuando era invisible?

De algún modo siempre tengo la posibilidad de ir al exterior y allá uno se convierte en un ciudadano bastante invisible... a pocas horas de vuelo.

¿Hay algún otro atajo para ser invisible que no sea viajar al exterior?

Pues sería disfrazarme, pero no lo he hecho...

Entra su jefe de prensa y sale Mockus disparado. Un preciso efecto de acción y reacción que incluye una pulsera verde como premio de consolación. Soacha lo espera. Voy detrás de él para despedirme pero ya es tarde, el profesor se inclina y parece un avestruz con la cabeza enterrada en una maleta en un rincón de su pequeño comedor. Busca sus zapatos tenis, su bluyín y su camiseta verde. El uniforme del hombre increíble.

Posted via web from Galoperiscol´s stuff

No comments:

Post a Comment